25/06/2020
POR EL LICENCIADO JUAN IGNACIO ACOSTA
EL REALITY DE LOS PASTELES

Bake Off es el programa furor en estos tiempos de aislamiento. Las virtudes y defectos de un reality que es rating en televisión y tendencia en redes sociales.


“Algo que a la vez sea archiconocido y no haya existido nunca”, describían Max Horkheimer y Theodor Adorno sobre la capacidad de la industria cultural para reciclarse y atraer al público. Bake Off es el programa más visto del domingo argentino y mesa de debate para familias y amigos. Un reality show de origen británico que rinde con éxito gracias a tres condimentos claves: la cocina, la competencia y el debate acalorado en redes sociales.
A veces la suerte debe estar de tu lado. El programa grabó todos sus episodios en 2019 y se esperaba que se emitiera ese mismo año. Sin embargo, Telefé decidió darle prioridad a “Pequeña Victoria” y postergó su estreno para el 2020. La pandemia y el posterior aislamiento obligatorio le permitieron alcanzar notoriedad de manera indirecta. Con los canales que atiborraban su grilla con la temática del Coronavirus, y con el fútbol suspendido, Bake Off se convirtió en escaparate y entretenimiento. Los espectadores aguardan con ansiedad el domingo a las 22:30 para ver a Paula Chaves y compañía.
Un factor clave para su popularidad se debe a que hace referencia a un pasado libre de pandemia. Los participantes se abrazan, ensucian sus manos y sus delantales; no hay tapabocas ni distanciamiento social. Las imágenes que se observan distan de lo actual, donde hay pocas personas en escena, donde se utiliza barbijo, y los invitados salen por videollamada. La reminiscencia a una situación distinta a la rutina diaria es aceptada.
Cocinar durante un programa es un recurso común en la TV argentina, es el as en la manga de los productores para la atención del espectador. Bake Off utiliza una fórmula reconocible que funciona. Una temática general y específica (cocina en lo macro y pastelería en lo micro), una conductora que no es cocinera pero está del lado de los participantes y marca los tiempos, un jurado que realiza las pases de policía bueno y malo, y participantes con rasgos identificables por los espectadores.
"Bake Off funciona en la medida en que los participantes van recortando perfiles reconocibles, más o menos estereotipados, con los que el público pueda identificarse o condenar. El grupo de participantes suele ser seleccionado buscando ese mix de perfiles atractivos”, describe el periodista Juan Pablo Cremonte en Tiempo Argentino. El mismo retoma al teórico de la comunicación y los medios, Jesús Martín-Barbero, que expone cuatro personajes centrales en el melodrama: el héroe (Agus), el villano (Samantha), la víctima (Agustina) y el torpe (Marcos).
La música juega un rol clave para generar suspenso y drama. Los participantes sufren, lloran, ríen y cocinan a contrarreloj. El maltrato por parte del jurado es evidente y es una forma de goce o rechazo para el espectador. Mientras ellos cocinan, opinan en diferido sobre sus acciones y conversan con lo que se ve en escena. La historia se cuenta en dos partes. La primera es la de los participantes cocinando y el dictamen del jurado. La segunda es sobre los juicios de los participantes sobre lo que hicieron. Todo se produce en una misma secuencia, cruzándose esos dos momentos muchas veces.
“La dimensión de los mensajes con mirada a cámara que se graban antes o después de las acciones, pero que el montaje los hace hablar durante, se dirigen a audiencias alfabetizadas en el género”, opina Leonardo Murolo, Doctor en Comunicación de la Universidad de Quilmes.
Los espectadores utilizan Twitter y grupos de Whatsapp para expresar sus sentimientos sobre cada acción del programa. Allí desfilan memes, stickers, reacciones, enojos, alegrías, desahogos y descargas. Los foros, aquellos viejos sitios web de debate, florecen cada domingo en forma de 280 caracteres o imágenes por Whatsapp. No obstante, en las instancias finales del programa se observó una radicalización que puede llamárselo linchamiento social.
Esto se generó a partir de un posteo en Instagram de Samanta, participante, donde anunciaba la compra de una nueva cocina. Los espectadores lo percibieron como un spoiler: ella sería la ganadora del programa. Luego se supo que era cocinera profesional y trabajaba en un café reconocido de Capital: una condición prohibida en el juego. Las personas comenzaron a protestar sobre el posible final. Algo parecido ocurrió con el último episodio de la serie Lost, donde incluso los fans grabaron sus propios finales. Hoy se rumorea que el programa puede dar un ganador en vivo y en directo, desechando el final grabado con anterioridad.
El odio contra Samanta creció de manera exponencial. Estos días circuló una denuncia contra ella caratulada como homicidio culposo. El accidente se produjo en 2018 y le costó la vida a un hombre de 74 años. El hermetismo que se guardaba desde el año pasado se rompió en añicos. Con todo, la expectativa por el programa no decreció por la defraudación sino que aumentó. Se ve el programa con impotencia pero con la ilusión de que puede modificarse.
El espectador se considera juez del programa. Como en el coliseo romano, se le baja o se le sube el pulgar a quien no le agrada. El reality es una competencia vivida como un deporte. No se soporta que alguien gane un juego con trampa. Y si lo logra de esta manera, debe tener una reprimenda desde la expresión de las redes sociales.
Las personas que miran Bake Off derribaron aquellas frases terminantes como “la televisión está muerta” o “hay un emisor y una audiencia invisible”. Lo cierto es que los domingos lidera el rating con 14.6 y supera a Periodismo para Todos, de Jorge Lanata. Asimismo un programa de televisión es mirado mientras en simultáneo es comentado en las redes sociales. En vez de catapultar el uso de una tecnología, es interesante comprobar qué aspectos de una vieja tecnología están presentes en las nuevas (por ejemplo, la radio y el podcast).
La fuerza de los espectadores tambalea las decisiones de los productores del programa. ¿El canal debe realizar un nuevo final con otro ganador? ¿O confirma el spoiler que vimos todos? ¿Alcanzarán las disculpas en caso de confirmación de fraude? ¿Tendrían que haber investigado mejor la historia de los participantes? ¿Qué experiencias deja para el próximo reality?
Por el lado de los espectadores, ¿qué tan lejos podemos llegar cuando vemos algo que no nos gusta? ¿Se nos muestra la pura verdad cuando miramos un reality? ¿Qué nivel de realidad y de mentira aceptamos cuando decidimos verlo?
Bake Off denota el rol importante que juegan los espectadores en la construcción de un programa. El éxito no depende sólo de si es muy visto o no, sino de la capacidad de responder a las demandas de la audiencia. Una audiencia que no es silenciosa, sino que se hace escuchar cada domingo.

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