MIERCOLES 07 DE OCTUBRE DE 2026
06/10/2026

EL PRIVILEGIO DE DOS ERAS: LO QUE MIS OJOS VIERON ENTRE DIEGO Y LEO


A mis 55 años, si miro hacia atrás, entiendo que la vida me hizo un regalo extraordinario. Mi profesión es el periodismo, pero este texto no sale de una redacción ni de la frialdad de una acreditación de prensa. Aunque ejercí el oficio toda mi vida, nunca me tocó la suerte de cubrir sus partidos desde una cabina o a la orilla del césped. Y hoy, sinceramente, lo agradezco. Porque a Diego y a Leo los viví como se deben vivir las cosas verdaderas de la vida: como hincha, como futbolero de ley, con el corazón en la mano y la garganta al límite.

Soy un tipo de 55 años que se sabe tocado por una varita mágica. Tuve la fortuna inmensa de ser contemporáneo de los dos futbolistas más gigantescos que dio esta tierra y la historia entera del fútbol.

Vi a Diego Armando Maradona en su plenitud. Vi ese fuego sagrado, la gambeta imposible, la rebeldía de un tipo que se enfrentaba a los poderosos con la pelota pegada a la zurda. Diego nos enseñó a soñar en grande, a sentir que con la camiseta argentina nada era imposible. Lo viví con la pasión del que se junta con amigos a gritar un gol hasta quedarse sin aire, con esa mística barrial y visceral que solo él podía despertar.

Pensé —como pensamos todos los de mi generación— que después de Diego no había más nada. Que el fútbol había alcanzado su techo y que nos tocaría vivir de los recuerdos.

Y sin embargo, la vida nos reservaba otra bendición: Lionel Andrés Messi.

Ver la era de Messi fue un viaje distinto, pero igual de conmovedor. Fue ver la constancia, el arte en estado puro, la resiliencia de un pibe que masticó veneno, aguantó injusticias y nunca bajó los brazos hasta regalarnos la gloria máxima. A Leo lo disfruté con la madurez de los años, sentándome frente al televisor o en la tribuna, sorprendiéndome de que a los treinta y tantos años me hiciera emocionar y llorar como cuando era un pibe.

Hoy que Messi le pone un punto final a su camino con la Selección Argentina, no busco ponerme el traje de analista. Escribo simplemente como un hombre de 55 años agradecido.

Diego fue el mito, el barro y la gloria popular. Leo fue la perfección, la perseverancia y el sueño cumplido. Ninguno borra al otro; los dos se abrazan en la memoria colectiva y en el orgullo de vestir la misma camiseta.

No necesité una acreditación de prensa para sentirme parte de esta historia. Me bastó con tener estos ojos, este corazón y la inmensa fortuna de haber estado vivo para ver los milagros de los dos más grandes.

Gracias, Diego. Gracias, Leo. Qué lindo fue haber sido testigo

 

 

 

 


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