Semana de la ESI | Por Florencia Guma, Lic. en Nutrición. Consultora en Política y Gestión de la Seguridad Alimentaria. Referente territorial del Ministerio de Desarrollo agrario
-----------------------------------------------------------------------------------------------
Esta semana, del 24 al 28 de agosto, las escuelas vuelven a poner en el centro una herramienta fundamental para construir ciudadanía: la Educación Sexual Integral (ESI). Este año, la propuesta invita además a vincular la ESI con la memoria, los derechos humanos y la construcción democrática, en un contexto en el que se cumplen 50 años del inicio de la última dictadura cívico-militar y nos acercamos a las dos décadas de la sanción de la Ley Nacional 26.150.
Hablar de ESI es hablar de sexualidad, pero también de vínculos, afectividad, identidad, derechos, cuidado y respeto. Y hay una dimensión que, desde mi profesión como nutricionista, considero especialmente importante: cómo enseñamos a niñas, niños y adolescentes a relacionarse con sus propios cuerpos.
Porque cuidar el cuerpo no debería significar aprender a corregirlo.
Durante mucho tiempo, buena parte de los mensajes relacionados con la salud estuvieron atravesados por una idea muy estrecha de lo que significa “cuidarse”: controlar el peso, alcanzar determinado cuerpo, restringir determinados alimentos o perseguir un ideal de belleza. El problema es que cuando estos mensajes aparecen durante la infancia y la adolescencia, pueden contribuir a que el cuerpo deje de ser vivido como un lugar propio para convertirse en un objeto que debe ser evaluado, comparado y modificado.
La ESI nos ofrece una oportunidad diferente.
La Ley 26.150 establece que la ESI debe articular dimensiones biológicas, psicológicas, sociales, afectivas y éticas, y contempla entre sus propósitos el reconocimiento y cuidado del propio cuerpo. Los lineamientos curriculares, además, proponen trabajar sobre la conciencia corporal, la valoración de las posibilidades del propio cuerpo y el respeto por la diversidad, así como reflexionar críticamente sobre los patrones hegemónicos de belleza y su relación con el consumo.
Esto implica algo mucho más profundo que enseñar “hábitos saludables”. Implica preguntarnos qué mensajes reciben nuestros chicos y chicas sobre sus cuerpos todos los días.
Los reciben en la escuela, pero también en las redes sociales, en las publicidades, en los comentarios familiares, en los programas de televisión, en los grupos de pares y, muchas veces, también en los espacios de salud. Aprenden rápidamente qué cuerpos son mostrados como deseables, cuáles son objeto de burlas y cuáles parecen tener permitido ocupar determinados espacios.
Por eso, hablar de diversidad corporal también es hablar de derechos.
No todos los cuerpos son iguales. Existen diferentes tamaños, formas, pesos, capacidades, colores de piel, identidades y maneras de habitar el cuerpo. La diversidad corporal no es una desviación de una supuesta norma: es parte de la diversidad humana.
Y esto también interpela a quienes trabajamos en salud.
Como nutricionista, considero que la salud, el valor y el bienestar de una persona no puede reducirse al cuerpo ni al número que marca una balanza. Existen cuerpos sanos de diversos tamaños y formas. Tampoco se debería instalar desde edades tempranas la idea de que determinados alimentos engordan porque genera culpa, que comer es una conducta que debe ser permanentemente vigilada o que el cuerpo necesita ser sometido a dietas para ser aceptado.
Cuidar también es poder comer sin miedo. Es reconocer las señales de hambre y saciedad. Es aprender que la alimentación cumple funciones biológicas, sociales, culturales y afectivas. Es poder disfrutar de una comida compartida. Es moverse de maneras que resulten placenteras y posibles, sin que la actividad física sea presentada como un castigo por haber comido.
Y, fundamentalmente, es poder construir una relación con el propio cuerpo basada en el respeto.
Esto no significa dejar de hablar de salud. Por el contrario: significa ampliar nuestra idea de salud para que no quede reducida al peso corporal o a la apariencia.
Una educación alimentaria verdaderamente integral debería ayudar a desarrollar herramientas para tomar decisiones, comprender la información que circula, reconocer las presiones de la industria y de la cultura de la dieta, identificar mensajes estigmatizantes y construir una relación más amable con la comida y con el cuerpo.
También debería enseñarnos algo que parece sencillo, pero no siempre lo es: nadie tiene derecho a opinar sobre el cuerpo de otra persona. Ni para felicitar una pérdida de peso, ni para hacer bromas, ni para comparar, ni para utilizar determinadas características corporales como sinónimo de salud, voluntad, éxito o fracaso.
En este punto, la escuela tiene un papel enorme. No porque pueda resolver por sí sola todas las presiones sociales que atraviesan a las infancias y adolescencias, sino porque puede convertirse en un espacio donde esas presiones sean cuestionadas.
Una escuela que trabaja desde la ESI puede enseñar que cuidar el cuerpo también significa respetarlo. Que el cuerpo de cada persona merece dignidad. Que ninguna diferencia corporal justifica la discriminación. Que los comentarios sobre el peso pueden lastimar. Que la belleza no tiene una única forma. Y que nuestra identidad y nuestro valor no dependen de cómo nos vemos.
Este año, cuando la ESI propone mirar el presente a la luz de nuestra memoria y de la defensa de los derechos humanos, quizás podamos recuperar también una pregunta esencial: ¿qué sociedad queremos construir para quienes están creciendo hoy?
Una sociedad donde las personas puedan vivir sus cuerpos con libertad, sin violencia y sin discriminación, donde cuidar no sea controlar, donde la salud no sea un mandato estético, donde la diversidad no tenga que pedir permiso para existir. Y donde enseñar a cuidar el cuerpo signifique, ante todo, enseñar que todos los cuerpos merecen ser cuidados, respetados y tratados con dignidad.
La ESI también puede ser eso: una oportunidad para que nuestras infancias y adolescencias no aprendan a odiar aquello que las hace únicas, sino a reconocer en sus cuerpos un lugar propio que merece ser habitado con libertad.